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Escrito por Natalia Mendoza Rockwell   
Viernes 15 de Mayo de 2009 23:15
  EL SÁSABE, FRONTERA NÓMADA

 El primer capítulo del Ulises criollo transcurre en Sásabe, Sonora, en el año de 1885. El padre de José Vasconcelos había sido enviado ahí como parte de un esfuerzo del gobierno mexicano para hacer frente a las “avanzadas del yankee”.

Pero el temor más fuerte, compartido por mexicanos y estadunidenses, eran los ataques apaches. Vale la pena retomar una de las escenas descritas: “Por el extremo de la derecha los mezquites se confundían con sus sombras. Acariciada por la luz, se plateaba la lejanía, y de pronto clamó una voz: ‘Vi lumbre de un cigarro y unas sombras por la noria…’.

Leído ahora, el relato adquiere un carácter casi inaugural: en medio del alboroto, los apaches se convirtieron en contrabandistas. Vasconcelos describe Sásabe como “menos que una aldea, un puerto en el desierto de Sonora”, y esta descripción nos sirve hoy. A lo largo de la línea fronteriza que se extiende de Sásabe hacia el oeste se encuentran los lugares conocidos como “Las puertas de los pápagos”, donde tradicionalmente se negociaba la cooperación con habitantes de la reserva pápago para el cruce de mercancías y más recientemente para organizar el traslado de migrantes indocumentados. Desde hace un par de años, varias de estas “entradas” —ubicadas en el mismo territorio que Vasconcelos describía como dominado por los apaches— están controladas por un grupo de narcotraficantes que cobra peaje a los polleros: 50 dólares por cada nacional y 100 por cada centroamericano que intente cruzar la frontera.

El desierto de Altar tiene un lugar más o menos marginal dentro del tráfico de drogas, sobre todo si se le compara con otros puntos de la frontera, pero se volvió en la última década uno de los lugares de paso más importantes para migrantes indocumentados. Más que su importancia numérica, lo que hace interesante al desierto de Altar es que ahí se dan tal vez las formas más rudimentarias de contrabando de personas y mercancías. Los migrantes pagan mil 500 dólares por ser guiados en una caminata de tres días a través del desierto. La droga, mayoritariamente marihuana, se cruza con frecuencia por grupos de 10 o 15 burreros que alternan traslados a caballo y a pie. Pero estos sistemas, precisamente por rudimentarios, implican una participación masiva de la población del lugar.

Dentro de la genealogía local de ataques de indios, contrabando, abigeato, balaceras y controles territoriales, el narcotráfico actual pretende legitimarse como continuidad y es criticado por otros como ruptura. En la región del desierto de Altar, lo mismo que en otras regiones del norte, hay un debate respecto a la legitimidad del tráfico de drogas y la posición social de los narcotraficantes. En gran medida ese debate se formula con argumentos que buscan asociar o disociar al tráfico de drogas de las formas tradicionales de entender el prestigio y la moral. Mucho de lo que hoy llamamos narcocultura, muchas de las formas en que se representa incorporan localmente el tráfico de drogas, recicla elementos que tienen una resonancia vieja en las culturas rancheras y en las sociedades del norte. Al mismo tiempo, existe una reacción que pretende disminuir el atractivo del narcotráfico, recuperando un ideal masculino ranchero ajeno a la violencia y la ilegalidad.

 

EL TRABAJO

Uno de los temas que condensa los encuentros y desencuentros entre la tradición ranchera y el tráfico de drogas es la valoración del trabajo, concretamente del esfuerzo físico. Las viejas elites y clases medias, que buscan representar la reacción moral contra el narcotráfico, expresan su queja con referencia al trabajo:

 ‘’El problema —he escuchado decir con frecuencia— es que la gente ya no quiere trabajar, la gente ya se hizo vaquetona, ya se acostumbró al dinero fácil”. Por su parte, los defensores y allegados al tráfico de drogas intentan probar lo contrario, que el narcotráfico requiere tanto esfuerzo como cualquier otro trabajo, que el dinero que se gana está bien merecido: “El narcotráfico tiene sus riesgos —me dice un muchacho que no hace mucho empezó a participar en el negocio familiar—, no es tan fácil. Es un pinche trabajo como cualquier otro, que lo vean mal es otra cosa. Pero dinero fácil, dinero fácil pura madre: es una pinche putiza”.

Es precisamente el poder purificador que se atribuye al trabajo, al sufrimiento en general, lo que en la opinión pública exime a los burreros de parte de su culpa. Los burreros son el eslabón más bajo del narcotráfico, se dedican a cruzar la frontera a pie con 20 kilos de marihuana a cuestas con frecuencia sin saber a quién pertenece la droga.

Constituyen una especie de ejército desorganizado y adicto, que no madruga, y que en los meses de zafra —como se le llama a los meses de abundancia cuando llega la mayor parte de marihuana al pueblo— llena las cantinas, los palenques y las carreras de caballos. Algunos, sobre todo los de Sinaloa, usan gorras y cinturones con la hoja de marihuana estampada, una nueva heráldica que desafía sin empacho la iconografía tradicional. Otros se visten con botas, sombrero y hebilla, símbolos del orgullo ranchero que ya poco tiene que ver con participar de hecho en la labores del campo.

Uno de los argumentos más poderosos en relación con el trabajo lo escuché, precisamente, de la esposa de un burrero. Se trata de una mujer elocuente y directa que ha fungido varias veces como lideresa en los barrios marginados de Altar: vende sándwiches, es maestra del Instituto Sonorense de Educación para los Adultos, organiza un círculo de lecturas bíblicas con las mujeres de su barrio, y ha representado demandas en relación a la distribución de agua en las afueras del pueblo. Le pregunté si el narcotráfico le había afectado a ella personalmente, y esta fue su respuesta:

 

No, a mí prácticamente no me ha afectado, a mí me ha beneficiado el narcotráfico. Porque gracias a eso tengo carro, gracias a eso tengo vestido y comida. Gracias a eso le he podido dar educación a mis hijos, comprarles lo que necesitan. Yo me pongo a hacer cuentas, con los sándwiches no me alcanza para el gasto diario de los niños, no me alcanza. Es que yo digo: si agarras un trabajo para mantener a tu familia, ¿para quién estás trabajando? Si estás dejando solos a tus hijos por irte a trabajar por un diario… Es ahí donde dices: “A mí el narcotráfico no me afecta, me beneficia”. ¿Por qué? Porque mi marido se va siete días, esos siete días no tienen papá los chamacos. Pero llega y tienen a su papá en su casa, porque ya no trabaja y se queda con ellos y los cuida bien. A veces sí hay problemas, que porque está tomando mucho o se está drogando mucho, y genera problemas. Pero yo creo que me ha beneficiado más de lo que me ha afectado.


Desde el punto de vista de estos pequeños y medianos narcotraficantes, esta actividad rara vez permite un cambio real de posición social. Permite sobrevivir, darse algunos lujos, pero se sabe casi como una fatalidad que “ese dinero”, el dinero sucio, no dura. Después de un rato, uno queda igual o peor. Curiosamente, defensores y críticos comparten la convicción de que el dinero del narcotráfico es uno que “así como se gana, se tira”. El mismo joven que minutos antes argumentaba fervientemente que el narcotráfico es un trabajo como cualquier otro, una putiza, describe la administración de su familia con más orgullo que crítica:

Ponle tú, mañana con el favor de Dios, si todo sale como tiene planeado mi apá, son 20 mil dólares los que agarra mi apá. Se supone, porque no se puede saber: porque tal vez te chinguen, tal vez te la roben. Pero si todo sale bien, son 20 mil dólares. Esos pinche 20 mil dólares, en dos meses no vamos a tener ni un solo centavo. Y se me hacen mucho dos meses. Pero así es, morra, sin echarte mentiras y sin exagerar: ni un puto solo centavo. Es que no sé, así son las ideas de aquí, fácil lo agarras y fácil se va, dicen que así es el dinero ese... Si yo llego a ser mafioso, me gustaría invertir el dinero, pero sin llegar a ser tacaño. Si yo tuviera un hijo y agarrase ese dinero, sería igualito que mi apá: darle, darle pa’ que lo gaste. De todos modos me voy a morir y pa’ qué voy a juntar dinero. ¡Que lo gasten!


DE CABALLOS


Una de las figuras más admiradas tradicionalmente en la región es la del ganadero o ranchero. Por lo tanto no es sorprendente que el dinero del narcotráfico se traduzca con frecuencia en símbolos de prestigio que tienen una gran resonancia local: ranchos, camionetas pick-up, caballos, sombreros, botas. Es en el espacio de las carreras de caballos y palenques donde se produce con más naturalidad la convergencia entre lo ranchero y lo propio del narcotráfico. Hay un regodeo colectivo en las actitudes de hombría, riesgo, honor, derroche, por las que casi todos se sienten interpelados. De la misma manera este joven que vive y trabaja legalmente en Arizona me confiesa que, como muchos otros, estando en las carreras de caballos ha fantaseado con ser narcotraficante:

¿A ustedes nunca les pasó por la cabeza dedicarse a la mañoseada?1 Es que yo no sé qué tiene ese rollo, pero cuando andas en unas carreras de caballos y ponen corridos, y ves a toda la raza acelerada, y aunque uno no tenga nada que ver, te aceleras bien machín. Algo tiene ese rollo que atrae un chingo. Dos, tres cervezas y te pones a cantar corridos a todo pulmón, y te sale del alma, del alma… Y te imaginas acá, bien chaka.2


Es difícil hacer justicia a la intensidad de este deseo, cuando se dice “algo tiene ese rollo que atrae un chingo”. Por supuesto rompe con cualquier noción de individuo que maximiza beneficios, dice lo contrario: te doy la vida por un poco de gloria. No se entiende esta intensidad si no se entiende que no es nueva, que “morir en la raya”, “morir matando”, “rifársela”, son líneas que aparecen con frecuencia en narcocorridos pero están ya en los corridos de la Revolución mexicana. Expresan actitudes que tienen una historia y una valoración propia que atraviesan las esferas de lo ilegal, la política, los negocios y el amor. Lo importante es notar que el tráfico de drogas se ha vuelto la forma privilegiada de responder a la exigencia de “rifársela”. La fuerza del incentivo económico importa, por supuesto, pero importa sobre todo en la medida en que se puede traducir en formas de prestigio largamente añoradas.

Las historias de caballos, apuestas y violencia no son nuevas. Todavía alcancé a conocer algunos vaqueros míticos —son viejos sólidos y astutos, ni buenos ni malos—, que remontados en sus ranchos contaban historias de cacerías, de pleitos, de contrabando, de indios, de las viejas corridas de ganado de Altar a Mexicali. Uno de ellos me contó una historia. En los años antes de la Revolución, vivía en la región un señor de nombre Emilio Robledo que tenía un caballo al que nadie le podía ganar. Hasta que otro señor, Ramón Valencia, urdió un plan para ganarle. En aquel tiempo no había cercos ni potreros y los caballos andaban más o menos libres en el monte.

 Valencia se las arregló para probar el caballo de Robledo a escondidas contra otros caballos de por ahí, hasta que encontró a una yegüita bajita y peluda que le ganaba al caballo sin problema. Se hizo la carrera, y la yegua ganó. Pero no faltó quien le dijera a Robledo que Valencia había hecho trampa puesto que conocía de antemano el resultado de la carrera. Robledo anduvo buscando a Valencia, pero como no lo encontró, mató a su hermano. Ramón Valencia se fue a la campaña de Chihuahua contra Villa, regresó a los dos años con el grado de capitán y le exigió al comisario de La Reforma que le entregara a los asesinos de su hermano, los sacó con orden militar y ahí nomás pasando los cerros los colgó.

Un siglo basta para que un relato así se convierta en piedra pulida y adquiera una nitidez desproporcionada: aquellos eran caballos, aquellos era hombres con honor. Y así, en el vano intento de emulación, las historias de narcos y caballos de hoy tienen algo de comedia de equivocaciones. La Navidad pasada tomé un autobús de Hermosillo a Altar en el que íbamos sólo dos pasajeros; al cabo de un rato nos pusimos platicar. El señor se dedica a entrenar caballos bailadores, se sobreentiende que de los narcos. Los caballos bailadores son una novedad absoluta en la región, nunca antes se había acostumbrado algo parecido. Me contó la historia, que reconstruyo de memoria, de un caballo al que le puso el Donca, en honor a don Carlos Slim:

—Ese caballo lo fuimos a traer a la ciudad de México de un rancho que se supone es de don Carlos Slim. El dueño era un muchacho de aquí de la región que agarró mucha feria como cruzador3 y se le puso en la mente ir a traer un caballo español a México, y yo lo acompañé. El caballo lo compró por 300 mil dólares; también compró una silla con incrustaciones de plata y un fuete con el mango de oro macizo. Ya lo mataron al muchacho, esto fue hace como tres años. Y el caballo parece que se lo quedó un socio y se lo llevó a Chihuahua. El fuete quedó en la primera pistiada, quién sabe si lo regalaría o lo perdería o qué. A mí la verdad me daba lástima el caballo, me daba lástima ver que el muchacho se le subiera sin botas y sin sombrero.
—¿Pues qué no se supone que era ranchero de por aquí?
—Sí, pero como se había puesto de novio con una morrita popis, pues andaba voladísimo y se le subía al pobre caballo con unos zapatitos cualquiera…


Lo interesante de esta historia es que contiene una especie de resistencia a caer bajo la ilusión de la continuidad narco-ranchero. El muchacho había conseguido todo, el mejor caballo, la mejor montura, y hasta fuete. Pero le fallaron los zapatos.



Natalia Mendoza Rockwell. Autora de Conversaciones del desierto: Cultura, moral y tráfico de drogas

 

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